Son las 8 de una gélida mañana de invierno y María Domínguez (29 años) está en la entrada de la pequeña ciudad de Florida, 90 kilómetros al norte de Montevideo, intentando que algún chofer se detenga y le ofrezca un aventón.

Tiene que estar antes de las 10 en la escuela rural de Paso de la Cruz del Yí, a 108 kilómetros de su casa, en medio de la nada, para darles clases a Juliana, de 4 años, y a Benjamín, de 9, los únicos dos alumnos de ese centro educativo uruguayo.

«Son hijos de familias que viven en la zona y trabajan en tareas de campo», le cuenta a BBC Mundo.

María no tiene otra forma de llegar a la escuela que no sea haciendo autostop, lo que en ese país sudamericano se conoce como «hacer dedo».

Auto propio no tiene, y si tuviera no podría costear el combustible para un viaje tan largo todos los días.

Sí tiene moto, pero dice que hacer todo el trayecto en ella es imposible. «Jamás lo haría, son muchos kilómetros y con el primer viaje ya la destruyo.

Una segunda mamá

María se sube a la moto, hace un kilómetro y medio para meterse en un sinuoso camino de tierra en el que pasa por otra escuela rural, por una estación de trenes abandonada desde la década de 1990 y cuyas vías están tapadas por el pasto, y recorre 12 kilómetros hasta llegar a las 9:45, 9:50, con un breve margen para abrir el local y aguardar el arribo de Juliana y Benjamín para, a las 10, iniciar la clase.

¿Por qué tener una escuela abierta para solamente dos niños?

«Puede haber distintos motivos por los cuales ese chiquilín precisa ir a esa escuela: porque vive lejos y la escuela más cercana es esa; por los trabajos de los padres, que de camino pueden dejar al niño ahí; o que haya una cañada que los días de lluvia crezca y la escuela a la que puede acceder sea esa», responde la maestra. La escuela de Paso de la Cruz del Yí es como una casa construida con bloques y techo a dos aguas.

Tiene un salón de clases, dos baños, una cocina y un pequeño dormitorio que ahora nadie utiliza, pero donde María tiene un colchón y mantas por si algún día tuviera que quedarse a pasar la noche allí.

Enseñarles al mismo tiempo a dos estudiantes de edades tan diferentes no es sencillo. Mientras que uno tiene que aprender a multiplicar y dividir, la más pequeña no sabe ni leer ni escribir.

Con información de BBC

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