La mujer, de 22 años, casi lloró cuando la larga fila de pasajeros avanzó finalmente hacia la parte delantera del avión. Llevaba soportando una molestia durante los 90 minutos de vuelo. Tenía el abdomen tan distendido y sensible que creía que le iba a estallar. Sus vecinos de asiento habían ocultado su irritación mientras ella se movía constantemente en busca de una postura cómoda. El hombre del asiento del pasillo se levantaba cada vez que ella se dirigía al baño. No sirvió de nada. No salía nada. Ni siquiera gas.

El aeropuerto internacional Charlotte Douglas de Carolina del Norte se extendía interminablemente ante ella mientras cargaba su voluminosa mochila de un hombro al otro. Cada paso sacudía sus entrañas de manera incómoda. Incluso sin el peso de la mochila, mantenerse erguida le resultaba extrañamente difícil, como si una cuerda de su interior se acortara de repente.

Encontró el auto de su madre en la fila de vehículos estacionados afuera. Mientras se sentaba en el asiento del pasajero, su madre se volvió hacia ella. “¿Qué te pasa?”, le preguntó. La cara de la joven se veía rígida por el dolor. Como siempre. Había tenido problemas digestivos toda su vida. Ir al baño con regularidad había sido un problema durante años. La leche le daba retortijones. Los alimentos ácidos le provocaban ardor estomacal. Y su estómago siempre le dolía después de sus prácticas de natación con el equipo universitario. Culpaba a las bocanadas de agua clorada que le entraban cuando nadaba en la piscina. Al menos eso había terminado, ya que se había graduado unas semanas antes. Tanto la madre como la hija asumieron que simplemente tenía un estómago sensible. Y su pediatra estaba de acuerdo. Todo parecía bastante normal.

Fuente : BBC NEWS

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