La elección de Claudia Sheinbaum como candidata presidencial del oficialista Movimiento Regeneración Nacional (Morena) terminó envuelta en un escándalo, luego de que su principal rival, el excanciller Marcelo Ebrard, denunciara supuestas irregularidades que podrían culminar con su renuncia al partido fundado por el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Desde que comenzó el proceso, Ebrard aseguró que la campaña de Sheinbaum estaba haciendo uso indebido de recursos públicos, que había un marcado favoritismo por parte de las principales figuras del partido, que su financiamiento era opaco, que hacía promoción indebida del voto y que en sus actos había «acarreo», es decir, público contratado o condicionado.

En ese clima de tensión y creciente inconformidad por parte de Ebrard, llegó el día de la definición: la jornada en la que se conocerían los resultados de las cinco encuestas que se realizaron para saber cuál de los seis precandidatos tenía una mayor intención de voto y que, por lo tanto, sería designado Coordinador de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación, y luego candidato o candidata presidencial.

Nadie dudaba de que la elegida sería Sheinbaum, ya que todas las encuestas realizadas a lo largo del año coincidían en posicionarla en primer lugar, seguida por Ebrard, quien en las últimas semanas insistió en que los sondeos estaban manipulados y que él sí tenía amplias posibilidades de ganar la interna.

De esta forma, la única incógnita era saber cómo reaccionaría Ebrard a la previsible derrota. Si actuaría de forma institucional y aceptaría la victoria de su rival, o sí «quebraría» la elección, impugnaría los resultados y afectaría por completo el proceso.

Y, efectivamente, eso último fue lo que ocurrió. Además, Ebrard abrió la puerta a la posibilidad de renunciar a Morena y postularse bajo las siglas de otro partido.

Con información de e Actualidad.RT.com

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