En una historia poco conocida sobre los primeros años de Apple, se revela que un hombre, tras obtener 7,000 ordenadores Apple que no se vendieron, decidió guardarlos con la intención de revenderlos más tarde, pero mejorados. El plan era aprovechar la demanda de la marca para obtener ganancias al poner a la venta estos dispositivos con mejoras a nivel de hardware y software. Sin embargo, cuando Steve Jobs se enteró de esta situación, decidió que lo más adecuado era recuperar los ordenadores.
Lo que sucedió después fue sorprendente. En lugar de permitir que los dispositivos fueran revendidos, Jobs prefirió enterrarlos en un vertedero. Esta drástica decisión se basaba en su obsesión por el control absoluto sobre los productos de Apple y su visión de mantener la exclusividad y la calidad de la marca. Jobs temía que los ordenadores, al ser modificados y vendidos fuera de los canales oficiales, pudieran afectar la reputación de la compañía.
El acto de enterrar los ordenadores en un vertedero refleja la actitud de Jobs hacia la perfección y el control. En su mente, los productos de Apple debían ser presentados bajo sus propios términos, y cualquier intento de alterarlos o comercializarlos de forma no autorizada era inaceptable. Esta visión, aunque extrema, fue parte de lo que definió a Apple bajo su liderazgo y contribuyó a que la empresa lograra convertirse en un referente en la industria tecnológica.
Hoy en día, esta historia se ha convertido en un símbolo de la forma en que Jobs gestionaba la compañía y su obsesión por la calidad. Aunque muchos consideran que su enfoque era excesivo, no cabe duda de que fue clave para el éxito de Apple y su imagen como marca premium. La decisión de destruir los 7,000 ordenadores muestra cómo Jobs priorizaba la visión a largo plazo sobre las oportunidades inmediatas de negocio.









