En la cultura occidental, la influencia de los filósofos griegos es, en gran medida, responsable de nuestra visión del paso por el mundo, y entre ellos, los escritos asociados a la escuela aristotélica dividen la felicidad en dos tipos: Hedonismo y eudaimonia. De forma muy simplificada, el hedonismo sería el placer inmediato, el tipo de felicidad que puede resumirse en el Carpe Diem «Disfruta el momento» puesto que hay que ser feliz «aquí y ahora». En cambio, la eudaimonia es un tipo de felicidad más duradera, la que se obtiene al acabar proyectos largos o vivir una vida plena.
El cerebro no procesa los dos tipos de felicidad de la misma forma. Para hedonismo, por ejemplo, existe una gran influencia de las hormonas relacionadas con el placer, como la serotonina, la dopamina y los circuitos neuronales asociados. Estos circuitos son de respuesta muy rápida y potente, dando lugar a los «picos» de felicidad. Al obtener buenas notas en un examen, al estar con personas queridas, o ante ciertos estímulos sensoriales como luces, sonidos o sabores, nuestro cerebro segrega estas hormonas para hacernos más propensos a encontrarnos en la misma situación en un futuro.
En cambio, la eudaimonia se basa en circuitos neurológicos mucho más complejos y estables. Con el paso de los años, el refuerzo de ciertos comportamientos y hábitos crean y estabilizan conexiones entre distintas neuronas. Estas relaciones incluyen áreas cerebrales donde se almacenan los recuerdos, y las áreas de placer, así como muchas otras zonas cuya función no está clara.
Entrando de lleno en genética, si la felicidad es una consecuencia de cómo se organiza y reestructura nuestro cerebro, los genes que intervienen en el desarrollo cerebral deberían tener cierta influencia en cómo y cuándo los humanos sienten felicidad. ¿Pero son algunos loci (lo equivalente a una frase en el libro de instrucciones genético) o regiones del ADN más grandes? Pues para dar con la respuesta, el Biobanco de Reino Unido realizó un estudio de 5 años en el que analizaron tanto los genes y/o la felicidad de más de 220000 personas.
Con ello querían averiguar las respuestas a dos preguntas. La primera sería si los genes tienen un papel en la felicidad de las personas en grupos de pacientes independientes en edad, ascendencias y nivel socioeconómico. Y la segunda, si los cambios genéticos se traducen de alguna forma en diferencias en las estructuras cerebrales. Para ello, analizaron 15 regiones cerebrales de más de 15000 imágenes de resonancia magnética y decenas de miles de genomas.
Tras los largos análisis, descubrieron que genes relacionados con el metabolismo, especialmente GPR139, DACH1 y APOE presentaban cambios significativos entre las personas felices y las que no lo eran. Estos cambios se traducían en cómo el cerebro procesaba cierta información y se podían traducir en cambios estructurales que, si se encontraban de forma mucho más marcada, provocan cierta predisposición a otros trastornos mentales como la depresión, la esquizofrenia o el insomnio.
Según apuntan los investigadores, esto no quiere decir que las personas que no son felices vayan a padecer un trastorno. Más bien, abre la puerta a buscar nuevas formas de encontrar tratamientos. Además, comprender cómo los genes implicados provocan los cambios cerebrales puede ayudar a determinar las vías biológicas que llevan al desarrollo y envejecimiento óptimos del cerebro, proporcionando así, herramientas para luchar contra la neurodegeneración y envejecer de forma más saludable.
Con información de National Geographic









