La alimentación emocional no es inherentemente lo contrario a bueno; de hecho, puede ser parte de una relación sana con la comida. Según Jennifer Rollin, fundadora de The Eating Disorder Center en Maryland, comer como respuesta a las emociones es normal y puede ofrecer consuelo en momentos difíciles. La clave está en reconocer cuándo esta práctica se convierte en la única estrategia para afrontar situaciones complejas. Adoptar un enfoque flexible, sin caer en reglas estrictas o sentimientos de vergüenza, puede ayudar a mantener una relación equilibrada con la comida.

La comida tiene un fuerte componente emocional y social. Como explica la dietista Daisy Miller, muchas de nuestras tradiciones culturales y momentos significativos giran en torno a compartir alimentos. Negar esa conexión puede ser contraproducente, ya que disfrutar de una comida con seres queridos o recurrir a un platillo reconfortante después de un día duro no es algo negativö per se. Sin embargo, es importante prestar atención a los patrones de degustación: si comer se convierte en la principal vía de escape de las emociones, podría ser señal de que se necesita explorar otras herramientas de afrontamiento.

Cultivar una relación sana con la comida implica practicar la atención plena y reflexionar sobre las propias necesidades emocionales. Natalie Mokari, dietista en Carolina del Norte, recomienda observar las razones detrás de cada elección alimentaria sin juicio. Comer un postre en una celebración o buscar un snack reconfortante en momentos de estrés no tiene por qué ser un problema si se aborda desde la conciencia y el equilibrio. Al final, la alimentación emocional puede ser una herramienta valiosa siempre que forme parte de un repertorio amplio de estrategias para el bienestar emocional.

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