Las verdades incomodan. El que un productor y su equipo de trabajo decidan no pararse ante nada para contar una cruenta realidad, mucho más. Esa fue precisamente la experiencia que enfrentaron Eduardo Verástegui y Jim Caviezel.

El productor mexicano y el actor estadounidense, aliados con Mel Gibson, no desistieron durante más de cinco años, en su empeño porque el mundo conociera la historia de dos hermanos hondureños, menores de edad, que fueron secuestrados, abusados y explotados sexualmente, Rocío y Miguel, en Sonido de libertad. Y cumplieron su objetivo.

Ninguna distribuidora grande o importante aceptó su propuesta, pero sí Angel Studios, Inc., una sencilla compañía estadounidense, con sede en Provo, Utah.

¿Una bandera roja alarmante? Que el tráfico sexual de niños y adolescentes sea una de las organizaciones criminales con mayor crecimiento en el mundo en los actuales momentos, que haya sobrepasado el tráfico ilegal de armas y que se prevé, que pronto superará el tráfico de drogas.

Eso constituye toda una red flag. Pero no todas las audiencias están preparadas para digerir esa realidad.

En el largometraje, de 131 minutos de duración, el espectador se encontrará con imágenes verdaderas de la capturas de bebés y niños para después, comercializarlos al mejor postor sin ningún tipo de contemplación, así como con un relato que, según sus actores y realizadores, busca hacer conciencia sobre esta grave problemática.

A lo largo de su extensión, quien está sentado en la butaca estará sometido a las lágrimas, miedo y reflexión, entre cientos de sentimientos y estadios. Sin importar el orden. ¿Hollywood tendrá la madurez para transmitir al mundo el mensaje?

Sólo el tiempo lo dirá. Pero más allá de si los críticos o voces autorizadas en la materia lo hacen, Sonido de libertad es un documento histórico sobre un hecho más que doloroso. Una vez que termine la cinta, un anuncio especial, grabado por la estrella de La pasión de Jesucristo, aguardará al observador.

En el mismo, hablará sobre la epopeya para que la trama llegara a las salas de cine del mundo, pero también sobre la posibilidad de pagar boletos a otros para que puedan verla y acercarse a esta dura realidad. Todo se vale en la campaña de recordarle al mundo que «Los niños de Dios no están a la venta».

Con información de El Universal

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