Este año se perfila como un punto de inflexión en la forma en que protegemos nuestros teléfonos inteligentes. Las clásicas fundas de silicona o plástico, incluso las transparentes que permiten ver el diseño original del dispositivo, están empezando a quedar obsoletas porque la resistencia viene ahora directamente del hardware del móvil, sin necesidad de accesorios externos.
La clave de esta tendencia está en los avances en materiales de protección integrados, donde técnicas como el intercambio iónico y la inclusión de nanocristales cerámicos en el vidrio permiten que las pantallas y superficies soporten caídas de más de dos metros sobre superficies duras sin fracturarse, algo que antes requería una funda protectora.
Más allá de la durabilidad, esta protección invisible también tiene beneficios funcionales. Las fundas tradicionales pueden atrapar calor y afectar la disipación térmica del teléfono, algo cada vez más crítico con chips potentes que generan calor durante juegos, edición de video o multitarea. Al eliminar la funda, el dispositivo puede disipar mejor el calor, contribuyendo a un rendimiento más estable y a una mayor vida útil de la batería.
La transición también responde a cambios en el diseño de los propios terminales. Los smartphones modernos son más delgados, ligeros y ergonómicos, por lo que añadir carcasas externas solía afectar la experiencia de uso y la estética del dispositivo. Los nuevos materiales estructurales permiten mantener esa sensación de “teléfono desnudo” sin comprometer su integridad física.
Aunque muchas personas todavía optan por fundas por costumbre o por estilo, la tendencia indica que la protección cada vez más eficiente viene de fábrica, dejando atrás la necesidad de envolver el teléfono en accesorios adicionales y redefiniendo la seguridad de los dispositivos en 2026.
Con información de: Computer









