El lápiz de ojos en la línea de agua es una de las técnicas más populares del maquillaje. Este cosmético aporta claridad a la mirada, enmarca los ojos, mejora la apariencia general y puede llegar a disimular las ojeras. De todos los tonos que existen, el negro siempre ha sido el más popular. Solo hay que echar la vista atrás para observar cómo era la técnica favorita de los 2000. En la actualidad, en cambio, el tono ha evolucionado o, más bien, se ha suavizado.
Aunque el lápiz de ojos negro pueda llegar a favorecer las miradas jóvenes, en pieles maduras puede provocar una reducción visual del tamaño del ojo. Según la maquilladora Susana Marín, a partir de los 40 años, lo ideal es optar por tonos blancos o beiges. El lápiz blanco cuenta con una gran versatilidad. Puede usarse no solo en la línea de agua, sino también en otros puntos estratégicos, como el lagrimal o incluso debajo del arco de las cejas, para aportar más luz al rostro y acentuar las facciones.
El lápiz de ojos blanco consigue neutralizar el color carne o ligeramente rojizo debido a la vascularización de esta área sensible y, por tanto, abrir y resaltar la mirada. A medida que envejecemos, los ojos pueden parecer más pequeños o más hundidos debido a la pérdida de elasticidad de la piel circundante y la disminución del brillo natural de la mirada.
No obstante, con este tono de lápiz, conseguimos contrarrestar estos efectos al reflejar la luz, lo que genera una apariencia más luminosa y revitalizada. Según la maquilladora Susana Marín, el lápiz de ojos blanco «abre la mirada y hace el ojo más grande», esto no solo favorece el tamaño, sino que desvía la atención de posibles signos de cansancio o líneas finas, enfocándola en la expresión misma.
Con información de: HOLA









