La robótica educativa gana espacio como una herramienta clave en la enseñanza de habilidades del siglo XXI. Desde las ciencias STEAM hasta el pensamiento lógico y la programación, estos dispositivos transforman la experiencia de aprendizaje.

La Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí, por ejemplo, implementó robots como Embot para reforzar conocimientos en etapas iniciales. A nivel internacional, se han desarrollado robots como Cubetto y Thymio, que enseñan conceptos básicos de programación. Pero casi todos estos esfuerzos están orientados a niños de primaria en adelante. Bluey rompe ese patrón, al enfocarse en preescolares. Propone un aprendizaje sensorial, sin pantallas táctiles ni instrucciones complejas, pero con un juego empático.

Bluey nació en la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE). Cuatro estudiantes de Ciencias Técnicas Joel Tenensaray, Vanessa Vallejo, Matías Guzmán e Ian Villacrés lo desarrollaron para la materia de proyectos creativos 1. Joel, de 26 años y cursando su primer semestre de ingeniería mecatrónica, lideró el diseño y la programación. Matías propuso que el robot sea Bluey, inspirado en la caricatura australiana popular entre los nïños. El resto del equipo asumió otras tareas, entre ellas diseño, documentación y armado. Su objetivo: crear un robot accesible, replicable y de bajo costo.

Bluey convierte el aprendizaje de colores en una experiencia multisensorial. El juego tiene cinco rondas. El nïño tiene 10 segundos para identificar el color que se enciende en la luz guía. Si acierta, Bluey mueve la cola; si se equivoca, emite un pitido. Al final, se muestra el puntaje en una pantalla LCD.

Por ahora, Bluey reconoce tres colores primarios. Cada partida es una oportunidad para reforzar la memoria, atención y coordinación visual-auditiva del nïño. Bluey aún es un prototipo. Necesita mejoras técnicas, como asegurar los cables y optimizar el diseño para resistir la manipulación de niños pequeños. También requiere pruebas formales en instituciones educativas. Por ahora, el proyecto está limitado al cumplimiento académico del semestre. Para que tenga continuidad, los propios estudiantes deben impulsarlo en su tiempo libre. Joel comenta: “Es posible si lo hacemos posible”.

Con información de: El Comercio

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