Para muchos, volver a reencontrarse en el mismo sitio, el pueblo, la casa de la playa o ese aparta hotel que ya es como una segunda residencia se convierte en una especie de ritual. Porque, más allá del descanso y del cambio de aires, a todos nos gustan esas burbujas de familiaridad tan nuestras.

Al fin y al cabo, nos sirven para descansar y desconectar de la rutina como podríamos hacerlo en cualquier otro sitio, pero con ese puntito añadido de seguridad y confort de lo conocido. Y dentro de ese escenario tan poco novedoso, las personas adquieren un protagonismo absoluto. Por eso algunos amigos ya son todo un clásico de las vacaciones.

De hecho, el reencontrarse todas las vacaciones con los mismos amigos aunque hayan cambiado de pareja o ahora tengan hijos adolescentes supone conectar con una parte de nosotros que permanece estable. En cierto modo, es como si, al reconectar con ellos, también nos reencontráramos con quien antes fuimos y con una parte de nuestro pasado que no queremos perder.

Los vínculos emocionales se fortalecen por la combinación de experiencias compartidas y la repetición en el tiempo. Y esto es justo lo que sucede con los reencuentros estivales. Aunque pasemos el resto del año sin contacto, la sola exposición a contextos y caras tan familiares reaviva sensaciones positivas traídas directamente del pasado. Por ello, estos reencuentros son capaces de generar una sensación de continuidad emocional, muy relacionada con el sentimiento de identidad y pertenencia.

Por todo ello, los amigos de las vacaciones funcionan como anclas emocionales. Aunque no sepamos qué va a pasar en septiembre, sí sabemos que el próximo agosto volveremos a encontrarnos con esas caras amigas. Y con ellos compartiremos el aperitivo en la misma terraza, las charlas al atardecer o las risas en la playa.

Con información de: La Razón

¿Qué opinas de esto?