Sin duda, no es casualidad. Como explicó a Hogar y Familia la doctora Fanny Abanto, psicoterapeuta especializada en terapia de esquemas, “es como si en el preciso momento del parto, en el cerebro se instalara una nueva ‘aplicación de maternidad’, que detecta el llanto del bebé incluso cuando hay ruido alrededor. Una madre puede estar en el supermercado y, entre todo el bullicio, identificar el llanto de su hijo como si tuviera un radar emocional”.
Según la psicoterapeuta, después del parto el cerêbro materno no solo cambia, se transforma. Investigaciones muestran que áreas como la amígdala, el hipotálamo y la corteza prefrontal aumentan su actividad. La amígdala, por ejemplo, se vuelve más sensible al llanto del bebé, permitiendo una reacción rápida y cargada de emoción. El hipotálamo regula conductas esenciales como la protección y la alimentación, mientras que la corteza prefrontal afina la capacidad para interpretar las señales emocionales del recién nacido.
La famosa disminución temporal en memoria y concentración, conocida como “baby brain”, no es un fallo, sino una adaptación funcional. En el plano hormonal, la oxitocina la “hormona del amor”, desempeña un papel crucial. Tal como señaló Abanto, un estudio de la Universidad de Harvard demostró que sus niveles aumentan durante el parto, la lactancia y el contacto piel con piel, fomentando el vínculo madre-hijo, reduciendo el ëstrés y favoreciendo sentimientos de calma y bienestar.
Sin embargo, si se presentan desequilibrios hormonales, como en la dêpresïón posparto, esta hormona puede no cumplir su función de manera óptima, afectando el estado de ánimo y las relaciones. “Esta reprogramación cerebral tiene un propósito claro: priorizar el bienestar del bebé. No obstante, esta transformación también puede tener costos emocionales y cognitivos.
A largo plazo, la ciencia señala que los cambios cerebrales tras el parto no son meramente pasajeros. De acuerdo con Vanesa Ruiz, ginecóloga de la Clínica Ricardo Palma, muchos de ellos duran meses e incluso pueden persistir durante años, funcionando más como una adaptación o una maduración cerebral que como una pérdida, ya que el cerebro se orienta a las necesidades del bebé y puede generar beneficios duraderos como mejor toma de decisiones, mayor empatía y resiliencia emocional.
La maternidad cambia la identidad y reorganiza prioridades, pero no significa la pérdida de uno mismo. A ello se suma, según Fanny Abanto, que los cambios cerebrales tras el parto influyen en la percepción de sí mismas y, junto con las exigencias sociales sobre cómo debe ser una “buena madre”, pueden generar la sensación de estar completamente “fusionadas” con el bebé. Con paciencia y autoconocimiento, muchas mujeres encuentran el equilibrio para ser madres sin dejar de lado sus pasiones e intereses personales.
Con información de: La Nación









