No nació en una cuna de oro ni heredó un apellido poderoso. Amancio Ortega, fundador de Zara, creció en un hogar humilde, hijo de un ferroviario y una ama de casa en un pequeño pueblo leonés. Su infancia estuvo marcada por la escasez y por una hĕrida que nunca olvidó: un tendero se negó a fiarle comida a su madre porque no podían pagarla. Aquella escena, según cuentan, lo marcó para siempre y sembró en él la determinación de que su vida sería distinta.
A los 13 años dejó los estudios para ponerse a trabajar como recadero en una camisería. No solo entregaba paquetes: observaba, aprendía, memorizaba cómo se cosían las prendas, cómo se hablaba con los clientes, qué buscaban y qué no encontraban. Esa mirada curiosa fue su mejor escuela. Con el tiempo, pasó de mensajero a aprendiz de sastre, y allí empezó a soñar con un modelo distinto de negocio: ropa bonita, accesible y rápida, al alcance de todos.
En 1963, en el salón de su casa y con el apoyo de su entonces esposa, Rosalía Mera, comenzó a coser batas de estar por casa. Aquella empresa artesanal llamada Confecciones Goa fue el primer ladrillo de lo que después sería un imperio. El gran salto llegó en 1975, cuando abrió en La Coruña la primera tienda Zara. Lo que la diferenciaba era simple pero revolucionario: Ortega producía con agilidad y respondía de inmediato a los gustos de la gente. En lugar de esperar temporadas largas como hacía la alta moda, Zara ponía en sus vitrinas diseños nuevos casi cada semana.
Lo que empezó como un pequeño experimento en Galicia se convirtió en un fenómeno mundial. En 1985 fundó Inditex, que más tarde sumaría marcas como Massimo Dutti, Pull&Bear, Bershka y Stradivarius. Dos décadas después, con la salida a bolsa en 2001, Amancio Ortega entraba en la lista de los hombres más ricos del mundo. Pero él seguía huyendo de entrevistas, de cámaras y de discursos. Nunca se dejó seducir por la vanidad pública: su obsesión era y sigue siendo el trabajo bien hecho.
Hoy, con una fortuna que lo coloca entre los más poderosos del planeta, Ortega mantiene el mismo bajo perfil. Sus inversiones millonarias en bienes raíces las gestiona con la misma discreción con la que camina por las calles de La Coruña. Pero su legado está en algo mucho más profundo: demostró que la moda, durante siglos reservada a las élites, podía ser un lenguaje universal. Y que un niño pobre, con aguja e hilo, podía terminar vistiéndose con el traje del éxito.
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