En silencio o en voz alta, todos tenemos una relación con nuestro diálogo interno, aunque no se manifieste de la misma manera. Algunas personas apenas se hablan a sí mismas y procesan la vida con imágenes, sensaciones o recuerdos visuales, mientras que otras conviven con un narrador interno que no descansa ni un segundo.

Quienes casi no usan palabras para pensar suelen tomar decisiones de forma más intuitiva y directa, lo que no significa que su manera de reflexionar sea menos válida. Por otro lado, quienes hablan demasiado consigo mismos encuentran en ese monólogo una herramienta para organizarse, anticipar escenarios o repasar momentos pasados, aunque a veces la voz se convierta en un círculo interminable de preocupâciones.

La clave está en el equilibrio. La voz interior no es buena ni mala en sí misma: todo depende de cómo la utilices. Un diálogo amable puede motivar y dar claridad, mientras que uno crítico y repetitivo puede aumentar la ansiedad. Cuidar la forma en la que te hablas es una manera de cuidar tu bienestar.

Al final, lo importante no es si hablas mucho o poco contigo, sino si esa voz te impulsa a avanzar o te frena en el camino.

Con información de: El Confidencial

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