Una travesía sobre los Andes salteños de Argentina, que asciende hasta los 4.200 metros sobre el nivel del mar y conecta paisaje, historia y vértigo. Una experiencia que combina el silencio de la puna con la inmensidad de un sueño en movimiento. En Salta hay un tren que no solo sube, sino que eleva. El Tren a las Nubes es una de esas experiencias que no se olvidan, una mezcla de asombro y vértigo que se siente más en el pecho que en los pies.

A medida que avanza, la formación de acero se va enroscando en la montaña como una cinta. Los pasajeros descubren que en este viaje las montañas no son un límite: son un puente suspendido entre el aire y la historia. Afuera, el paisaje cambia de color con una naturalidad hipnótica, los tonos verdes se apagan, las sombras se alargan, el viento se vuelve seco y mineral.

La locomotora empuja desde atrás, como si supiera que en adelante todo será ascenso. En el viaducto La Polvorilla, debajo de sus pies, el abismo; sobre sus cabezas, un cielo tan limpio que parece recién estrenado. Es el punto más alto del recorrido. El servicio ofrece desayuno campestre, merienda, guías bilingües y hasta una pequeña estafeta postal para enviar postales desde el cielo. Hay Wi-Fi en ciertos tramos, aunque lo mejor es desconectarse, y atención médica permanente, porque aquí el cuerpo también siente el esfuerzo de la altitud.

El Tren a las Nubes no corre: avanza despacio, a 35 kilómetros por hora, como si entendiera que cada curva merece su propio tiempo. Recorre 217 kilómetros y atraviesa más de 20 puentes, 13 viaductos y 21 túneles. Es uno de los trenes más altos del mundo.

Con información de: Rio Negro

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