Lejos de la frenética modernidad, la isla europea Herm ofrece una experiencia única, donde el tiempo se detiene y la conexión con la naturaleza cobra protagonismo. Ubicada a escasos minutos en ferry desde Guernsey, este diminuto atolón ubicado en el canal de la Mancha cuenta con apenas 65 habitantes permanentes y se convirtió en un modelo de turismo responsable y vida apacible. Sin autos ni bicicletas y con una profunda vocación ecológica.

Facebook/Herm Island

La isla, con forma de coma y menos de 2 kilómetros de largo por media de ancho, “se siente como un lugar aislado, y eso es enfáticamente algo bueno”. No hay autos ni bicicletas, y su escuela primaria cuenta con solo cuatro alumnos. En los acantilados del sur nidifican frailecillos, los prados están salpicados de conejos, y migrantes alados llenan los pinares. Sus colinas, bosques y playas invitan a ser apreciados sin prisas, en silencio y con respeto, ofrece la oportunidad de contemplar los edificios del puerto: un hotel, dos pubs, unas pocas casas de piedra y una vieja cárcël para un solo reclüso.

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En Herm, la dualidad reina: hay mucho por hacer nadar, caminar, remar en kayak, observa aves, indagar en la capilla milenaria, observar las estrellas pero poco en lo que atañe a distracciones del mundo moderno. La oferta de hospedaje varía, con vistas al mar y cenas sofisticadas, hasta cabañas y dos campings. Si bien en verano llegan cientos de visitantes y se celebran eventos como conciertos (Utah Saints en 2022, Sasha en septiembre siguiente), durante las temporadas bajas la isla recupera su atmósfera de secreto náutico, solo para quienes buscan tranquilidad.

Con información de: Teleantioquia

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