Nuestro cerebro es una máquina de anticipación. Evalúa riesgos, imagina escenarios futuros y toma decisiones incluso antes de que seamos conscientes de ello. Esa capacidad, clave para la supervivencia, también tiene un reverso incómodo. El autosabotaje, lejos de ser simple debilidad, puede ser una forma primitiva de protección.
Cuando estamos bajo presïón, el cuerpo suele reaccionar antes que la razón. Morderse las uñas, rascarse compulsivamente, golpear objetos o posponer tareas importantes son respuestas frecuentes ante el ëstrés. Según el psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland, estas conductas funcionan como “daños controlados”: el cerebro prefiere una amênâza pequeña y conocida antes que enfrentarse a un pelïgro incierto y potencialmente mayor.
La procrastinación puede entenderse como una defensa frente al mïedo al frâcasó o al rechâzo. Retrasar una tarea reduce momentáneamente la ansïedad, aunque aumente el problema a largo plazo. El perfeccionismo actúa de manera opuesta: hipercontrol, atención extrema al detalle y autoexigencia constante para evitar cualquier ërror. Ambos mecanismos buscan lo mismo: seguridad. La autocrítica excesiva también entra en este grupo. Câstigarse mentalmente genera una fąlsa sensación de control y autonomía, aunque en realidad refuerce el malestar.
En personas con trastörno del espectro autista (TEA), las conductas autølesivas pueden responder a la sobrecarga sensorial o a situaciones incomprensibles y ëstresantes. Gølpes, mørdeduras o tirones de pelo actúan como mecanismos de autorregulación ante un entorno percibido como caótico.
Heriot-Maitland propone terapias centradas en reducir la necesidad de estos “daños menøres” y fortalecer estrategias más saludables de afrontamiento. El primer paso es entender que el autosabotaje no nace del capricho, sino de un cerebro que intenta protegernos, incluso cuando se equivoca.
Con información de: La Razón









