Hubo una época, no hace mucho, en la que las redes sociales eran eso, un sitio para socializar. No para opinar de todo sabiendo de ello o sin saber; no para desinformar con el objetivo de hacer daño; no para crearnos necesidades y vendernos los remedios… Y no para que hombres multimillonarios ganaran más y más dinero a costa de nuestros datos privados y de permitir abiertamente la desinformación.

Tuenti, Fotolog, incluso el MSN no nos pedían ser una marca personal ni dar una opinión constante. Las usábamos para compartir y sorprendernos con nuevas formas de socializar y estar en contacto con nuestras amistades y familiares, aunque estuviéramos en la distancia. Con el tiempo, las redes crecieron, se profesionalizaron y se monetizaron. La espontaneidad fue cediendo espacio a la estrategia. Aparecieron los filtros, los algoritmos, las narrativas perfectas y hasta los zascas, a ver quién es más ingenioso callando al otro.

Y, además de eso, el hecho de que tras las redes sociales que más usamos se encuentran varias de las personas más ricas del mundo. Han pasado a ser algo político y no ya una diversión, un espacio de interacción. Influencers que a diario nos convencen de que tenemos que tener un estereotipo de físico y una forma de vida inalcanzable para la mayoría de los humanos.

No hay que olvidar todas las irregularidades que se han descubierto de las grandes redes a golpe de sentencia y de filtración de documentos como que desde Meta saben que Instagram afecta a la salud mental de los menores y aun así estuvieron presionando para permitir una versión para niñøs y niñäs.

Con información de: Razón y Saber

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