Cada fin de año trae una mezcla difícil de explicar: nostalgia, cansancio, alivio y, al mismo tiempo, una chispa de ilusión por lo que vendrá. En medio de ese balance silencioso, una frase de la filosofía china se vuelve especialmente profunda: “Lo que se va, enseña. Lo que llega, transforma». No es solo una cita bonita. Es una invitación a mirar el pasado con gratitud y el futuro con valentía.
Agradecer el año que se va no significa negar lo que costó. Significa reconocer que, detrás de cada situación que alguien vivió, ya sea una pérdida, un error, una despedida, quedó una enseñanza. Aprendimos qué límites no queremos volver a cruzar, descubrimos quiénes estuvieron cuando más los necesitábamos, notamos quienes nos aman, conocimos el amor propio, conocimos la tristeza, la pérdida, nos abrazamos a nosotros mismos, entendimos que algunas puertas se cierran para protegernos, confirmamos que somos más fuertes de lo que creíamos. Y así podríamos seguir.
Y aquí es donde la filosofía china propone mirar esos momentos con calma, no como fracasos, sino como maestros silenciosos. Por eso la frase recuerda que “lo que se va, enseña”. Cada experiencia, buena o difícil, deja un mensaje que nos prepara para el camino que sigue.
Además, cada nuevo año trae oportunidades invisibles. Decisiones que todavía no tomamos, personas que aún no conocemos, proyectos que hoy parecen lejanos. La vida cambia y nosotros cambiamos con ella. En la mirada oriental, el cambio no es enemigo, es movimiento, crecimiento, renovación. Lo nuevo puede asustar, pero también puede ser el comienzo de algo que hoy ni siquiera imaginamos.
Con información de: La Nación









