Lo que hoy es uno de los rostros más reconocibles de la cultura popular nació, en realidad, como una solución improvisada. Shigeru Miyamoto diseñó a Mario con bigote porque resultaba difícil dibujar una boca con tan pocos píxeles, y le colocó una gorra porque animar el cabello era un reto técnico. Aquellas decisiones prácticas dieron forma a un personaje que debutó en Donkey Kong y que, sin proponérselo, estaba destinado a cambiar la historia de los videojuegos.
El punto de inflexión llegó en 1985 con el lanzamiento de Super Mario Bros., título que revitalizó a una industria golpeada por el colapso de 1983 y estableció las bases del género de plataformas. El diseño de niveles, el control preciso y la curva de dificultad marcaron un antes y un después, convirtiendo al plomero en el símbolo del renacer del videojuego doméstico.
Con el paso del tiempo, Mario dejó de ser solo un personaje para convertirse en un ícono global, al nivel de figuras como Mickey Mouse. Su reciente salto al cine con The Super Mario Bros. Movie confirmó que su universo trasciende las consolas y se consolida como una potencia del entretenimiento transmedia, capaz de conectar con nuevas audiencias sin perder su esencia.
La vigencia de Mario no se explica únicamente por la nostalgia. Su grandeza radica en su capacidad constante de reinventarse. En los años noventa, Super Mario 64 redefinió el juego en tres dimensiones y se convirtió en un referente obligatorio para el desarrollo de títulos 3D. Desde entonces, el personaje ha demostrado una versatilidad única, brillando como corredor de karts, deportista, luchador y protagonista de aventuras RPG.
Otro de sus mayores logros ha sido la accesibilidad. La filosofía de “fácil de aprender, difícil de dominar” ha permitido que distintas generaciones compartan la experiencia de juego, manteniendo a Mario vigente durante más de cuatro décadas frente a públicos de todas las edades.
Con información de: Agencias









