En medio del silencio abrasador del desierto, donde el viento suele ser el único narrador, ocurrió algo que parece sacado de una epopeya. Máquinas gigantes abrieron paso, moviendo millones de toneladas de tierra para que el agua fluyera por un río artificial.

Surcos profundos en medio del desierto dieron lugar a un cauce brillante que serpentea por 130 kilómetros. Más que una obra de ingeniería, es la historia de cómo la voluntad humana puede redibujar la geografía y hacer brotar vida donde parecía imposible.

Referencia: RRSS

El Acueducto Nacional de Israel nació con un propósito claro: domesticar el agua para un territorio marcado por la sequía. Desde el lago Kineret hasta el desierto del Néguev, el sistema tejió una columna líquida que une norte y sur, campo y ciudad. No buscaba solo transportar agua, sino redistribuir oportunidades, asegurar bebida para millones y hacer viable la agricultura en suelos que antes parecían estérilës.

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Su corriente transformó ciudades, campos y paisajes, y luego se integró a desalinización y reciclaje. Más que ingeniería, fue una promesa colectiva de vida en medio del desierto. Pero eso no es todo. Este “río construido” se caracteriza por combinar canales abiertos, tuberías enterradas y túneles subterráneos según la geografía. Es presurizado y regulado, con estaciones de bombeo que elevan el agua cuando el terreno lo exige.

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Es interconectado, porque enlaza embalses, acuíferos, plantas de tratamiento y redes urbanas en un solo sistema nacional. Es reversible en ciertos tramos, ya que puede enviar agua tanto hacia el sur como hacia el norte. Es híbrido en su origen, porque mezcla agua natural del Mar de Galilea con agua desalinizada del Mediterráneo.

Con información de: El Tiempo

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