El estudio, publicado en la revista Scientific Reports, representa un paso importante para que criadores y veterinarios puedan considerar variables hereditarias de manera más objetiva, tanto en la crianza selectiva como en la prevención de posibles problemas asociados a determinadas características físicas.
El análisis reveló que el gen MSRB3 juega un papel central en la morfología auricular. En términos simples, este gen actúa como una especie de “instrucción biológica” que le indica al organismo cómo deben desarrollarse las orejas durante el crecimiento. Las diferencias en MSRB3 determinan si un perro tendrá orejas en punta como el husky o caídas como el cocker spaniel, y también influyen en la longitud que alcanzan.
«Hay una combinación de alelos, o distintas versiones de un mismo gen, que define si un perro tendrá orejas erguidas o caídas. Además, existe una variante adicional que determina si la oreja será corta o larga”, explicó Clark, según la Universidad de Georgia. En los perros, la forma de las orejas no es solo una cuestión estética. Existen múltiples tipos: erguidas, caídas o similares a las de un murciélago. Cada una puede cumplir funciones diferentes.
Las orejas en punta, por ejemplo, facilitan la detección de sonidos lejanos, algo útil en razas de trabajo o vigilancia. En cambio, las orejas largas y flexibles, como las del beagle, ayudan a canalizar olores hacia el hocico durante el rastreo, aunque también pueden favorecer infeccïones si no se mantienen limpias.
El descubrimiento del rol de MSRB3 tiene además una relevancia médica. En humanos, ciertas mutaciones de este mismo gen están asociadas a pérdida de audición. Esto abre la posibilidad de que, en el futuro, se desarrollen pruebas genéticas que permitan anticipar o reducir el rïesgo de problemas auditivos en algunas razas caninas.
Con información de: Clarín









