Durante más de una década, varias potencias con ambiciones estratégicas han estado moviendo toneladas de arena desde el fondo marino hasta la superficie del océano para crear islas artificiales con fines militares. Esta práctica, que parece sacada de una película de ciencia ficción, es hoy una realidad que está modificando mapas, rutas marítimas y equilibrios de poder, especialmente en zonas altamente dispütadas como el Mar de China Meridional.

China ha sido uno de los principales protagonistas de este proceso, transformando arrecifes y bancos de arena en extensiones de tierra firme donde se han levantado pistas de aterrizaje, puertos, sistemas de radar y estructuras capaces de albergar tropas y equipos militares. Estas islas artificiales funcionan como verdaderas bases estratégicas en medio del océano, reforzando reclamos territoriales y ampliando la presencia militar en puntos clave del comercio marítimo mundial.

La técnica utilizada consiste en dragar el lecho marino con enormes máquinas que succionan sedimentos y los depositan sobre zonas poco profundas hasta formar plataformas sólidas. Aunque oficialmente se argumenta que estas obras buscan mejorar la seguridad marítima o facilitar investigaciones científicas, expertos internacionales y países vecinos sostienen que el objetivo real es consolidar control territorial y proyectar poder militar en regiones sęnsibles.

Más allá del impåctø político y militar, el daño ambiental preocupa cada vez más. La extracción masiva de arena destruye arrecifes de coral, altera ecosistemas marinos completos y afecta a especies que dependen de estas áreas para alimentarse y reproducirse. Además, el aumento de sedimentos en el agua reduce la entrada de luz solar, afëctåndo gravęmente la vida submarina y generando consecuencias que podrían ser irreversibles.

Con información y fotografías de: UNO

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