Carmen Herrera, nacida en La Habana en 1915, dedicó más de seis décadas a la pintura sin obtener reconocimiento ni compradores. El reconocimiento tardío llegó recién a los 89 años, lo que la posicionó como una de las figuras destacadas de la abstracción geométrica y el minimalismo contemporáneo. Su vida y legado evidencian las barreras de género, origen y edad en el ámbito artístico.

“El mundo de las líneas rectas se me abrió para siempre en esa época”, expresó Herrera, quien emigró a Nueva York en 1939 tras casarse con el profesor Jesse Loewenthal. Allí se enfrentó al ambiente tradicionalista del circuito artístico, pero pudo ingresar a la Art Students League, donde perfeccionó su técnica y comenzó a explorar la abstracción geométrica. Posteriormente, la pareja residió en el París de posguerra, donde Herrera se relacionó con figuras como, y expuso junto a los grandes del arte abstracto europeo, según historia-arte.com y The Guardian.

Durante décadas acumuló lienzos y bocetos en su estudio, eligiendo el aislamiento creativo y evitando la promoción personal. “No he pintado ni por gloria, ni por dinero, lo he hecho por necesidad y porque se me da bien,” declaró. El momento clave surgió en 2004. El pintor Tony Bechara, amigo cercano, sugirió a Frederico Sève, dueño de la Latin Collector Gallery de Manhattan, que incluyera a Herrera en una muestra tras la baja de una participante. Al ver sus obras, Sève comprobó que eran anteriores incluso a las de Lygia Clark, lo que llevó a incluirla, vender varias piezas y donar una al MoMA, según The Guardian.

Desde ese entonces, su carrera dio un giro notable. En 2009, la Ikon Gallery de Birmingham presentó una retrospectiva que atrajo la atención internacional, con exposiciones posteriores en Lisson Gallery, el Whitney Museum y otras instituciones de prestigio. A los 94 años, Herrera exhibía globalmente y sus obras ingresaron en colecciones permanentes de museos como el MoMA de Nueva York, Tate Modern de Londres, Smithsonian y Pérez Art Museum de Miami, según NPR y The Guardian.

En 2019 fue elegida miembro honorario de la Royal Academy of Arts en Londres y, poco después, Francia le concedió la Orden de las Artes y las Letras. Mantuvo la producción artística pasada la centena, estrenando incluso un mural monumental en Texas de manera póstuma. Su éxito tardío la sorprendió sin nostalgia y convencida del valor de la constancia y la fidelidad a una visión propia.
Con información de: Hablando en Plata









