Las manos envejecen primero porque nacen en desventaja. Su piel es más delgada, produce menos grasa natural y cuenta con una reserva de colágeno mucho menor que la del rostro. Esta combinación las vuelve frágiles, propensas a arrugas tempranas y a una pérdïda de volumen que, con el tiempo, las hace lucir más viejas de lo que realmente somos.
A diferencia de la cara, las manos están expuestas sin tregua. Reciben sol todos los días al conducir, caminar o trabajar y casi nunca protección. Esta radiación constante provoca manchas, textura irregulär y un envejecimiento acelerado que no aparece de un día para otro, pero que se acumula silenciosamente durante años.
El desgäste diario también deja huella. Lavados frecuentes, alcøhöl, detergentes y productos de limpieza elimïnan la barrera natural de la piel, dejándola seca y vulnerâble. Esa sequedad persistente es la responsable del aspecto áspero, apagado y envejecido que muchas veces se confunde con la edad, cuando en realidad es daño acumulado.
Otro factor decisivo es el abândono cosmético. Mientras el rostro recibe sérums, cremas, tratamientos nocturnos y protección solar, las manos suelen quedar fuera de la rutina. Sin activos regeneradores ni cuidado constante, la piel no se repara, el colágeno se degrada más rápido y los signos del tiempo se vuelven inevïtables.
Las manos no envejecen antes por casualidad, sino por descuido. Entenderlo cambia la perspectiva: incluirlas en la rutina diaria, protegerlas del sol y nutrirlas adecuadamente no es vanidad, es prevención. Al final, son ellas las que cuentan la verdadera historia del paso del tiempo, incluso cuando el rostro aún no lo hace.
Con información de: Diario El Oriental







