
La vida de Hedy Lamarr es una de las historias más sorprendentes del siglo XX. Reconocida mundialmente como una de las actrices más bellas y carismáticas del Hollywood clásico, su imagen pública estuvo durante años asociada únicamente al glamour y la fama. Sin embargo, detrás de las cámaras se escondía una mente inquieta, curiosa y profundamente interesada en la ciencia y la ingeniería.
Nacida en Europa y testigo directa del avance de la tecnología militar antes de emigrar a Estados Unidos, Lamarr desarrolló una sensibilidad especial por los rięsgøs de la guërrâ. Durante la Segunda Guerra Mundial, lejos de conformarse con su papel de celebridad, buscó una forma de contribuir de manera concreta al esfuerzo bélico aliado. Fue entonces cuando, junto al compositor George Antheil, ideó un sistema de comunicación basado en el salto de frecuencia, diseñado para evitar que las señales de control fueran interceptadas o saboteadas.
El invento fue patentado en 1942, pero la tecnología resultó demasiado avanzada para su tiempo y no fue aplicada de inmediato. Mientras tanto, Lamarr continuó protagonizando grandes producciones cinematográficas, sin recibir reconocimiento ni compensación por su aporte científico. Durante décadas, su faceta como inventora quedó eclipsada por su estrellato en la pantalla grande.
Con el paso de los años, aquel principio revolucionario comenzó a cobrar sentido en un nuevo contexto tecnológico. Las comunicaciones inalámbricas modernas retomaron esas ideas y las transformaron en sistemas que hoy sostienen gran parte de la vida digital, desde las redes domésticas hasta los dispositivos móviles.
Actualmente, Hedy Lamarr es reivindicada como mucho más que una diva del cine. Su legado combina arte, inteligencia y visión de futuro, convirtiéndola en un símbolo de cómo el talento puede romper moldes y trascender generaciones, incluso cuando no es reconocido en su propio tiempo.
Con información de: National Geographic









