La Generación Z se ha cansado de que las pantallas sean el único punto de encuentro y ha decidido que, para combâtir la soledad que impone el estilo de vida urbano, lo mejor es ponerse a oler cosas. Lo que empezó como un interés por las fragancias en redes sociales ha terminado convirtiéndose en una excüsa perfecta para bajar a la calle y verse las caras.

En ciudades como Nueva York, Londres o Lisboa, están proliferando los clubes de perfume, espacios donde grupos de jóvenes se reúnen no solo para intercambiar muestras, sino para conectar de una forma mucho más física y sensorial que la que ofrece cualquier aplicación de citas o mensajería. Este fenómeno podría percibirse como una simple moda de consumo donde los recorridos o los talleres con costo puedan parecer la norma, sin embargo, para algunas personas es un auténtico salvavidas emocional.

Después de pasar años de aislamiento y de una digitalización que a veces agobia, los chavales están buscando experiencias que no necesiten subscripción. En estos encuentros, el perfume actúa como el rompehielos definitivo. Es mucho más fácil empezar a hablar con un extraño si el tema de conversación es un aroma que te recuerda a las vacaciones de tu infancia o a una noche de fiesta, permitiendo saltarse la charla de compromiso e ir directos a lo que importa: las emociones y los recuerdos compartidos.

La movida tiene un punto muy guapo de comunidad. En sitios como el Lisbon Perfume Club los asistentes se pasan secantes con fragancias raras, charlan con perfumistas y hasta aprenden sobre ingredientes extraños. No se trata de postureo ni de fardar de marcas caras, sino de disfrutar de un hobby que te obliga a estar presente. Al unirse para oler juntos, estos jóvenes están demostrando que, frente al individualismo de las grandes urbes, siempre queda el recurso de juntarse, echarse unas risas y, de paso, oler de maravilla.

Con información de: ESW

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