La adaptación del cuerpo humano al espacio suele medirse en huesos que pierden densidad, músculos que se atrofian y fluidos que se redistribuyen hacia la cabeza. El cerebro, durante mucho tiempo, se consideró relativamente protegido de estos efectos mecánicos. Sin embargo, las imágenes cerebrales de astronautas que han pasado meses en microgravedad cuentan otra historia: el encéfalo no permanece en su sitio. Se desplaza, se deforma levemente y reorganiza su relación con los fluidos que lo rodean.

En la Tierra, la gravêdad contribuye a mantener un equilibrio estable entre el cerebro, el líquido cëfalorraquídeo y los tejidos que lo contienen. Esa füerza constante actúa como un marco invisible que organiza cómo “descansa” el encéfalo dentro del cráneo. Al desąparecer, los fluidos corporales migran hacia la parte superior del cuerpo y la cabeza, alterando presïones y tensïones internas.

En microgravedad, el cerebro no está suspendido en el vacío, pero sí pierde el anclaje mecánico que la gravêdad impone de forma continua. El resultado es un desplazamiento sistemático, hacia arriba y hacia atrás, que aumenta con la duración de la misión. No es un movimiento brusco, sino un reajuste lento que se acumula con el tiempo, explica el estudio publicado en la revista PNAS.

Con información de: El Confidencial

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