Hay decisiones que parecen completamente libres hasta que te topas con un funcionario. Elegir el nombre de un hijo es una de ellas. En España, los padres pueden optar por casi cualquier cosa, pero el Registro Civil tiene la última palabra, y a veces la ejerce. No existe una lista negra oficial. Lo que hay es un criterio legal que, interpretado por humanos distintos en ventanillas distintas, da lugar a resultados dispares, conflïctos administrativos y, de vez en cuando, a alguna historia que merece ser contada.

La ley es clara en sus límites aunque no siempre en su aplicación. El Registro Civil puede rechâzar un nombre si es ofensïvo, ridícülo o hümillante para quien lo lleve; si induce a confusión sobre el sexo; si coincide con el de un hermano vivo, ni siquiera cambiando el idioma vale, así que si ya hay un Juan en casa, el siguiente no puede ser John ni Jean; o si se trata de un acrónimo, una marca comercial o una combinación que no funcione como nombre propio.

La Ley del Registro Civil, en su artículo 51, establece prøhibiciones claras para proteger el interés superior del nïño. No se permiten nombres que resulten objetivamente perjudiciales, ofensïvos o denigrântes, como es el caso de «Caín», «Lucifer», «Hitler», «Stalin», «Bien Laden» o «Judas», que son sistemáticamente rechâzados para evitar futuras verlas, con menos carga histórica pero igual resultado, Löcø y Engêndro. Este último es difícil de defender incluso en el mejor de los días.

Además, se prøhíben nombres que, al combinarse con el apellido, puedan resultar en juegos de palabras ofensïvos o ridículos, como por ejemplo «Armando Bronca Segura» o «Armando Esteban Quito». La normativa española no permite utilizar nombres que pertenezcan a otras categorías, como marcas comerciales o empresas. No se pueden usar nombres como «Chanel» y «Nike». También han sido rechâzados nombres completos de personajes famosos, Leo Messi y Karl Marx no pasaron el corte, lo cual es comprensible: uno podría crear expectativas imposibles de gestionar en un patio de colegio, y el otro garantiza debates en todas las cenas familiares hasta la jubilación.

Así como tampoco es posible usar nombres de frutas y capitales como «Mandarina» o «París», «Limón», «Pera» y «Manzana», han generado objeciones. Que alguien lo intentara con Manzana en un país donde existe Apple como marca global dice algo sobre la creatividad humana, aunque no está del todo claro qué. La línea sigue siendo la misma de siempre: si el nombre puede convertirse en un problema para quien lo lleve, el Estado se reserva el derecho a intervenir. Es una de las pocas ocasiones en que la burocracia española actúa con algo parecido a la velocidad necesaria.

Con información: Medios Internacionales

¿Qué opinas de esto?