Los primeros días todo va bien, incluso sientes orgullo, pero pasan las semanas y algo cambia: un día fallas, luego otro, y, sin darte cuenta, abandonas. Si te identificas con esta historia, no eres la única persona. Durante años nos han dicho que la clave para mantenernos activos está en fijar objetivos concretos, medibles, alcanzables, realistas y con un plazo definido.

Es lo que se conoce como objetivos SMART, por sus siglas en inglés: Specific, Measurable, Achievable, Realistic, y Time-bound. La evidencia científica confirma que fijar objetivos sí funciona, de hecho, es una de las estrategias más eficaces para aumentar la actividad física, pero también empieza a señalar algo importante: no es tanto cuestión de fijar objetivos, sino de cómo los fijamos. Un reciente consenso internacional de expertos en ejercicio y salud propone un cambio de paradigma que resulta tan sencillo como profundo.

No todos partimos del mismo punto ni tenemos las mismas necesidades. No es lo mismo quien lleva años entrenando que quien intenta moverse después de meses (o incluso años) de inactividad; tampoco es lo mismo quien busca rendimiento que quien busca salud, ni quien está altamente motivada que quien todavía está intentando encontrar razones para empezar a hacer ejercicio. Desde esta perspectiva, el nuevo enfoque propone volver a lo esencial: entender cuál es realmente el objetivo, cómo influye en nuestro comportamiento y, sobre todo, cómo adaptarlo a cada persona y a su contexto. Porque quizá el problema no es que no tengas objetivos, sino que los objetivos que te han enseñado a fijar no están pensados para ti.

El modelo SMART, una fórmula aparentemente fácil de recordar y aplicar, no se basa directamente en una teoría sólida del comportamiento ni está alineado con la evidencia más reciente sobre cómo cambiamos nuestros hábitos. Se ha popularizado más por su practicidad que por su rigor. El consenso de expertos propone un cambio de enfoque que, en realidad, es volver a lo esencial: adaptar los objetivos a la persona, al momento y al contexto. No existe una fórmula única, pero sí principios e ideas que pueden marcar la diferencia.

El primero es que no todos los objetivos tienen que ser concretos. Hasta hace poco, hemos creído que cuanto más específico, mejor, pero no siempre es así. Para muchas personas (especialmente cuando están empezando) objetivos más abiertos, como “ver hasta dónde puedo llegar hoy” o “intentar moverme más”, pueden ser igual o incluso más eficaces, ya que eliminan la sensación de fracaso y permiten construir una relación más positiva con el ejercicio. El segundo principio es elegir bien el tipo de objetivo: no es lo mismo proponerse un resultado, como perder peso, que centrarse en el proceso, como salir a caminar varios días a la semana, o en el aprendizaje, como descubrir qué tipo de actividad te gusta. Sabemos que estos últimos favorecen más la adherencia, especialmente en las fases iniciales.

Con información de: Excélsior

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