Mantener la habitación en absoluta oscuridad al acostarse ha sido, por tradición, el consejo infalible para lograr un sueño profundo. Sin embargo, recientes investigaciones sobre higiene del sueño revelan que bajar por completo las persianas es una práctica perjudicial para el organismo, ya que interrumpe la conexión natural de nuestro reloj biológico con el amanecer.
La luz del día funciona como una alarma progresiva para el cerebro. Al eliminar toda la claridad del entorno, el cuerpo no recibe la señal ambiental para despertar, transformando el hecho de levantarse en un proceso pesado, violent@ y carente de vitalidad.
Para solucionar este inconveniente, los especialistas sugieren un punto de equilibrio: reducir al máximo las luces artificiales de noche, pero dejar las persianas ligeramente abiertas (apenas unos centímetros). Esto permite que los primeros rayos del sol matutinos detengan de forma natural la producción de melatonina —la hormona del sueño— y activen el metabolismo de manera suave.
En contextos urbanos donde la contaminación lumínica impida abrir las ventanas, los profesionales aconsejan recurrir a despertadores solares, dispositivos que imitan la salida del sol iluminando el cuarto gradualmente para garantizar un despertar fresco y libre de fatig@.
Con información de: Variedades









