En las últimas décadas, se ha vuelto cada vez más común escuchar a personas que se refieren a sus mascotas, especialmente a los perros, como si fueran hijos. Frases como “es mi bebé peludo” o “soy su mamá” han dejado de ser una rareza y se han convertido en parte del lenguaje cotidiano entre muchos dueños de mascotas. Desde la perspectiva de la psicología, este fenómeno tiene raíces complejas que van más allá del simple cariño.
Según estudios en psicología evolutiva y neurociencia, el cerebro humano responde a la interacción con perros de manera similar a como lo hace con bebés humanos. Por ejemplo, la oxitocina, conocida como la “hormona del amor”, se libera en ambos individuos durante el contacto visual o al acariciarse, fortaleciendo el apego.
Tratar a un perro como a un hijo también puede reflejar la necesidad psicológica de cuidar de otro ser. Algunas personas encuentran en esta relación una forma de satisfacer su instinto de protección y afecto. En algunos casos, puede estar relacionado con la ausencia de hijos biológicos, el duelo por no haberlos tenido o simplemente la elección de no ser padres, pero sin renunciar al deseo de formar un vínculo similar.
Aunque tratar a un perro con afecto y consideración es sano, la psicología también advierte sobre los riesgos de la antropomorfización excesiva, es decir, atribuirle al animal características humanas que no le corresponden. Este comportamiento puede llevar a decisiones que no consideren las necesidades reales del perro como especie, afectando su bienestar.
Tratar a un perro como a un hijo es, desde la psicología, una manifestación de un vínculo emocional profundo que puede estar motivado por diferentes razones: afecto sincero, necesidad de compañía, instinto de protección o sustitución de relaciones humanas. Mientras esta relación no interfiera con la salud del animal ni con la vida social y emocional del dueño, se considera una expresión válida y significativa del afecto humano.
Con información de: BBC









