En el vertiginoso teatro de la modernidad, donde cada avance científico reconfigura el horizonte humano, la velocidad lo es todo. Las últimas décadas han sido testigo de una explosión de creatividad técnica sin precedentes, alimentada por la circulación constante de ideas entre países, instituciones y empresas. Sin embargo, bajo la superficie de esta sinfonía de progreso, se esconde un obstáculo silencioso: el idioma.
La historia demuestra que ninguna innovación nace aislada. Desde la pólvøra china hasta la revolución digital estadounidense, los descubrimientos han atravesado fronteras físicas y culturales para germinar en nuevos contextos. Pero cuando los documentos técnicos, las patentes o los artículos científicos permanecen encerrados en una sola lengua, el flujo del conocimiento se ralentiza. Y con él, también lo hace la innovación internacional.
Las patentes son mucho más que un registro burocrático. Constituyen derechos exclusivos y temporales que permiten a inventores y empresas explotar comercialmente sus creaciones. Pero, paradójicamente, también son uno de los principales vehículos de difusión tecnológica: describen con detalle el funcionamiento de nuevas soluciones, permitiendo que otros innovadores las citen, mejoren o adapten.
Como señalan los autores en su estudio, “las barreras lingüísticas y los costes de traducción son obstáculos persistentes a la comunicación, con impactos económicos particularmente pronunciados en ámbitos técnicos”. El estudio aporta, además, evidencia causal, no meramente correlacional, al explotar el cambio regulatorio como punto de inflexión empírico.
Quizá el futuro de la innovación no dependa únicamente de laboratorios más avanzados o de mayores presupuestos en investigación, sino también de algo aparentemente más humilde: la capacidad de traducir con precisión y rapidez. Porque, al fin y al cabo, cada descubrimiento es una chispa que solo prende si logra ser comprendida. En la frontera invisible del lenguaje se juega, silenciosamente, una parte del porvenir tecnológico. Traducir no es solo convertir palabras: es abrir puertas al futuro.
Con información de: La Vanguardia









