Salir a correr todos los días puede ser positivo para la salud, pero especialistas en fisiología del ejercicio señalan que el verdadero impacto en la resistencia llega cuando el entrenamiento se realiza en zona 2, una intensidad baja y controlada que potencia de forma significativa la base aeróbica del cuerpo.

La llamada zona 2 corresponde aproximadamente a un esfuerzo moderado en el que la frecuencia cardíaca se mantiene en torno al 60%–70% del máximo. En este nivel, el cuerpo utiliza principalmente grasa como fuente de energía y permite mantener el esfuerzo durante largos periodos sin fatiga excesiva, lo que se conoce como ritmo conversacional.

Según expertos citados en estudios recientes, este tipo de entrenamiento es clave para mejorar la eficiencia del sistema cardiovascular y metabólico. Entre sus efectos más importantes se encuentra el aumento de la capacidad mitocondrial, es decir, la habilidad del músculo para producir energía de forma más eficiente y sostenida.

A diferencia del entrenamiento de alta intensidad, la zona 2 permite acumular volumen sin generar un desgaste excesivo, lo que facilita la recuperación y reduce el riesgo de lesiones. Además, investigaciones señalan que los atletas de resistencia de alto rendimiento dedican gran parte de su preparación a este tipo de sesiones para construir una base sólida antes de trabajos más exigentes.

Otro de los beneficios más destacados es su impacto en la salud general. Correr a baja intensidad contribuye a mejorar la salud cardiovascular, la flexibilidad metabólica y el control del azúcar en sangre, además de favorecer la constancia en el entrenamiento al ser más sostenible a largo plazo.

En conclusión, aunque correr todos los días puede aportar beneficios, el enfoque en zona 2 se ha convertido en una estrategia clave para quienes buscan mejorar resistencia, rendimiento y salud sin sobrecargar el cuerpo, consolidándose como la base del entrenamiento aeróbico moderno.

Con información de: El Economista

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