Pensar puede ser un superpoder… hasta que se convierte en una trampa. El llamado overthinking o sobrepensar, es ese momento en que la mente no sabe cuándo detenerse. El cerebro empieza a dar vueltas sobre las mismas ideas, reviviendo errorēs, imaginando escenarios que nunca ocurren y desgastando su propia energía.

Los neurólogos explican que, cuando esto sucede, se activan zonas relacionadas con el estrés y la ansiedad, como la amígdala y la corteza prefrontal. Es como si el cerebro creyera que está en peligro todo el tiempo, enviando señales de alerta al cuerpo sin motivo real. Por eso, quien sobrepiensa suele sentirse agotado, tenso o con problemas para dormir, aunque no haya hecho ningún esfuerzo físico.

A nivel emocional, el sobrepensamiento se vuelve un círculo vicioso: cuanto más se busca una respuesta, más dudas aparecen. El cerebro confunde reflexión con control, pero en realidad solo aumenta la angustia. Lo paradójico es que este exceso de pensamiento no resuelve nada; solo frena la capacidad de actuar y disfrutar del presente.

Expertos en salud mental recomiendan estrategias simples para romper el ciclo: practicar mindfulness, escribir los pensamientos para vaciar la mente, o establecer “horarios” para preocuparse, de modo que la mente aprenda a descansar. Pensar con límites también es una forma de cuidar la salud.

En definitiva, no es la mente la que se vuelve enęmiga, sino el hábito de no dejarla respirar. Pensar está bien; quedarse atrapado en los pensamientos, no. La clave está en aprender a soltar antes de que la mente empiece a hacernos rüįdo.

Con información de: Vanitatis

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