Antes de la inmediatez de las pantallas táctiles y la comunicación instantánea, el acto de llamar por teléfono en los hogares argentinos era un verdadero ritual de paciencia. Hasta bien entrada la década de los 90, los teléfonos a disco reinaban en las mesas de entrada, exigiendo un esfuerzo físico hoy olvidado: introducir el dedo en cada número, girar el disco hasta el tope y esperar el tiempo necesario para que volviera a su posición original.
A pesar de la irrupción de los modelos con botones durante los años 90, los viejos aparatos a disco demostraron una robustez inigualable, manteniéndose vigentes en muchas casas por su durabilidad. Caracterizados por sus cables en espiral que limitaban el movimiento y timbres metálicos tan potentes que hacían saltar de la silla a cualquiera, estos dispositivos obligaban al usuario a depender de su memoria o de una agenda de papel siempre a mano.
En aquel entonces, saberse de memoria los números de amigos y familiares no era una opción, sino una habilidad esencial de la vida cotidiana. Hoy, estos teléfonos han pasado a ser piezas de museo y objetos de culto para los nostálgicos. Representan una era donde la comunicación exigía una precisión manual y una disposición al tiempo que parece perdida en la era digital.
Recordar estos aparatos no es solo hablar de tecnología antigua, sino de una época en la que conectar con el otro requería una pausa obligatoria y un sonido característico que hoy solo vive en el recuerdo de quienes vivieron la transición al nuevo milenio.
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Con información de: Noticias 24 Horas
Foto: Freepick









