Un organismo adulto requiere, como mínimo, siete horas de sueño nocturno para preservar un estado de salud óptimo. Dormir por debajo de ese umbral de forma habitual se asocia con un mayor riesgo de desarrollar hipertensión, depresión, diabetes, problemas cardíacos e incluso accidentes cerebrovasculares.

Si bien la recomendación general para los adultos se sitúa entre siete y nueve horas por noche, dormir más de este rango normalmente no aporta beneficios extra. Solo en casos específicos, como tras una enfermedad o un periodo de descanso insuficiente, podría resultar ventajoso aumentar esas horas.

La calidad del descanso es tan relevante como el tiempo. No sirve de mucho permanecer en la cama si el sueño es interrumpido constantemente. Despertarse varias veces por la noche algo común con la edad puede reducir los beneficios del reposo e incluso ser señal de que existe algún problema de salud que merece atención.

Para asegurar un sueño reparador, conviene adoptar hábitos que favorezcan la continuidad y profundidad del descanso: mantener horarios regulares, evitar la exposición a pantallas antes de dormir y crear un ambiente oscuro, silencioso y confortable. Así, cada hora invertida en dormir cumplirá su verdadera función regeneradora.

Con información de: El Confidencial

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