Estas pequeñas reacciones apuntan directamente a nuestro estilo de apego. Es decir, la forma en que nos vinculamos con las personas y cómo buscamos cercanía y seguridad. Desde la infancia hasta la edad adulta, el apego moldea nuestras relaciones. Y hoy, en un mundo hiperconectado, también se cuela en nuestros chats, en los me gusta y en ese scroll que parece no tener fin.

Cada persona tiene su propio campamento base: un lugar donde descansar, recargar energías y sentirse a salvo. Ese campamento es, precisamente, la fuente de apego; o dicho de otro modo, las personas importantes en nuestra vida. Pero no todos nos relacionamos con ese campamento de la misma manera. La frecuencia con la que volvemos a él, la confianza con la que nos alejamos y la forma en que comprobamos que “sigue ahí” configuran nuestro estilo de apego.

Cuando una persona confía en que el campamento permanece disponible, puede explorar la montaña con seguridad y regresar solo cuando necesita provisiones: es el apego seguro. Si en lugar de eso, la mirada se dirige una y otra vez hacia el campamento, como si existiera el temor de perderlo de vista, estamos ante un apego ansioso. También hay quien prefiere mantenerse a distancia y depender lo menos posible de su refugïo: al habla el apego evitativo. Y en algunos casos, acercarse al campamento no resulta del todo tranquilizador; es refugïo y, al mismo tiempo, fuente de inquietud. Se trata de la desorientación propia del apego desorganizado.

Es una oportunidad para tomar conciencia y relacionarnos de una forma más equilibrada en un mundo hiperconectado. Así, el teléfono dejará de ser una “peluche” al que aferrarnos por mïedo y se convertirá en una herramienta al servicio de algo profundamente humano: conectarse, consolarse y sentirse parte de algo más grande.

Con información de: Psicología y Mente

¿Qué opinas de esto?