¿Por qué resulta tan difícil resistir ciertos alimentos ultraprocesados, incluso cuando existe el deseo consciente de mejorar los hábitos alimenticios? Los antojos intensos y la dificultad para controlarlos radican en que el cerêbro activa circuitos químicos complejos que, sin intervención directa de la voluntad, generan impulsos reiterados hacia esos productos.
Los recientes hallazgos discutidos en el podcast Ultimate Human ayudan a explicar por qué la conducta compulsiva por alimentos ultraprocesados está vinculada con procesos neuroquímicos profundos, desmintiendo la idea de que la fuerza de voluntad es el principal motor a la hora de elegir qué comer.
Brecka explicó: “Las dinorfinas no solo despiertan el hambre, también alteran la forma en la que el cuerpo maneja la energía”. Experimentos en animales han demostrado que la administración de dinorfinas en el cerebro incrementa la ingesta, independientemente del gasto energético u otros comportamientos.
Tal como explicó el especialista, “la clave está en dejar de pensar que todo se trata de fuerza de voluntad y entender que existen mecanismos cerebrales que, si se comprenden a fondo, pueden ser intervenidos de manera mucho más eficaz».
Con información de: Clarín









