El caldero negro no es solo un utensilio de cocina: es un ícono de la identidad venezolana. Presente en casi todos los hogares del país, este fiel compañero ha visto pasar desde las arepas de la mañana hasta las tajadas del domingo, resistiendo el paso de los años y de las incontables recetas familiares. Un objeto cotidiano que despierta nostalgias, anécdotas y debates sobre si ya es hora de jubilarlo o si, por el contrario, la comida no sabe igual en ningún otro lado.
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