Guayaquil, conocida por su intensa vida nocturna, enfrenta hoy un panorama sombrío. Zonas antes llenas de movimiento, música y turistas se encuentran ahora marcadas por el cierre masivo de locales nocturnos, producto de una creciente ola de amenăzas, atentados y extørsiønes. El miĕdo ha reemplazado a la alegría que solía caracterizar las noches guayaquileñas.
En calles como la emblemática Panamá, donde los bares y discotecas solían ser punto de encuentro para locales y visitantes, las luces se han apagado. La presencia de grupos dĕlictivøs, sumada a actos viølentøs y advertencias directas a los propietarios, ha obligado a muchos emprendedores a bajar sus santamarías indefinidamente.
Los dueños de negocios que aún resisten enfrentan extørsiønes que pueden alcanzar entre 300 y 5.000 dólares mensuales, cifras imposibles de sostener para muchos. Algunos relatan haber perdido decenas de miles de dólares intentando mantenerse abiertos, hasta que la presión y el pĕligrø los obligaron a cerrar. La incertidumbre y el temor constante se han vuelto parte del día a día.
Mientras tanto, el ocio nocturno ha comenzado a desplazarse a zonas más exclusivas y resguardadas como Samborondón, donde solo quienes tienen recursos pueden permitirse entretenimiento en condiciones de seguridad. La ciudad, por su parte, sufre una profunda fragmentación social y económica reflejada incluso en cómo y dónde se celebra la vida.
La situación actual no solo representa un gølpe económico para cientos de familias, sino también una pérdida cultural. Los espacios de encuentro, arte y esparcimiento han sido reemplazados por el silencio. Guayaquil vive una noche sin luces ni música, en la que el temor ha apagado el corazón de su identidad urbana.
Con información de: Globovisión









