La lechuga es una de las hortalizas más consumidas en el mundo gracias a su bajo aporte calórico, su alto contenido de agua y su riqueza en fibra, vitaminas y minerales. Es un alimento habitual en la cocina diaria, aunque también uno de los más delicados a la hora de conservarlo, ya que puede deteriorarse rápidamente si no se almacena de forma correcta.
Cuando se guarda adecuadamente en la nevera, la lechuga puede mantenerse fresca entre cinco y diez días. No basta con refrigerarla: el secreto está en controlar la humedad y permitir una correcta ventilación para evitar que las hojas se marchitęn o se oscurezcan antes de tiempo.
Tras el lavado, es fundamental elimïnar el exceso de agua. La humedad acumulada acelera la descomposición, por lo que se recomienda secar muy bien las hojas con papel de cocina. El lavado debe hacerse siempre con agua fría, ya que el agua caliente debilita la estructura de la hoja y favorece que se ablande.
Una vez secas, lo ideal es guardar las hojas enteras en recipientes herméticos o envases bien cerrados, colocando papel absorbente en el interior para controlar la humedad residual. Estos recipientes deben ubicarse en la parte baja de la nevera, donde la temperatura es más estable y menos agresiva para el vegetal.
Un truco adicional consiste en colocar el envase boca abajo, lo que ayuda a redücir la entrada directa de aire frío sobre las hojas. Además, se recomienda evitar cortar la lechuga antes de guardarla, ya que al hacerlo se dañan las células y se acelera su deterioro.
Con estos cuidados sencillos, es posible prolongar la frescura de la lechuga durante varios días, conservar su textura crujiente y evitar el desperdicio de alimentos en casa.
Con información de: El Horiental









