El matrimonio no es un noviazgo eterno, ni una extensión de tu familia de origen. Si quieres que funcione, tienes que poner a tu pareja primero en todas las decisiones importantes: desde cómo organizar la casa hasta los proyectos de vida y las fechas especiales. La persona con la que compartes tu vida no es un invitado, es tu compañero de camino, tu otra mitad en todo.

Muchos matrimonios se rompen, no por falta de amor, sino porque uno de los dos no sabe cortar el cordón con sus padres o hermanos. Consultar cada discusión, dejar que los demás opinen sobre tu hogar o contar cada detalle a tu familia convierte lo que debería ser un matrimonio de dos en un “matrimonio de cinco, seis o más”. Ese tipo de interferencias mata la intimidad y la independencia de la pareja.

Formar un hogar significa elegir a tu pareja por encima de todos, incluso por encima de tu propia familia. No es cuestión de dejar de querer a tus padres ni de darle la espalda a tus hermanos, sino de entender que el matrimonio es un compromiso exclusivo de dos personas. Si no lo entiendes, mejor no te cases.

La verdadera prueba de amor no está solo en los sentimientos, sino en la capacidad de priorizar a quien elegiste para la vida, de proteger esa relación y de construir juntos un espacio propio sin interferencias externas. Esto es lo que separa a los matrimonios que sobreviven de los que se rompen por la influencia de terceros.

En pocas palabras: si quieres que tu matrimonio funcione, pon a tu pareja primero, comparte tus decisiones solo con ella y construyan su mundo juntos. Todo lo demás son distracciones que pueden destruir lo más importante: el hogar que eligieron formar.

Con información y video de: Mikel Albarracín

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