En los archipiélagos del sur, los valles del altiplano y las tierras campesinas de la zona central aún crecen variedades vegetales que ninguna otra nación posee. 

Las papas chilotas, las quinoas altiplánicas, los porotos campesinos y los maíces tradicionales constituyen un acervo biológico que pertenece al patrimonio de Chile. 

Estas semillas representan siglos de adaptación natural y selección humana. Su existencia no depende de laboratorios transnacionales, sino de comunidades que las cultivan año tras año en condiciones geográficas y climáticas extremas.

La biodiversidad agrícola disminuye de manera acelerada en múltiples regiones del planeta. La expansión de monocultivos comerciales y la uniformidad genética que exige el mercado global reducen la presencia de variedades locales. 

Chile no escapa a esta realidad, aunque mantiene una posición privilegiada: cerca del 46 por ciento de sus plantas nativas son endémicas y no crecen de forma natural en otro territorio. 

Esta condición otorga al país una responsabilidad científica y ética sobre esas semillas, que hoy adquieren un valor estratégico superior al que se les atribuía décadas atrás.

En la localidad de Vicuña, al interior del Valle de Elqui, funciona el Banco Base de Semillas Intihuasi. Allí el INIA conserva más de 33 mil accesiones de especies vegetales, muchas de las cuales son únicas en el mundo. 

Este espacio opera como un refugio ante escenarios climáticos adversos. Las semillas almacenadas incluyen cereales, leguminosas, hortalizas, tubérculos y flora endémica. 

Una parte de esta colección también cuenta con respaldo en el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, en Noruega, donde Chile mantiene variedades de trigo y maíz.

Por su parte, la Región de Magallanes se consolida como un polo de innovación agrícola. El centro experimental INIA Kampenaike, ubicado a 60 kilómetros de Punta Arenas, desarrolla un programa de producción de papa semilla certificada. 

Con información de: Almayadeen

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