Agnes Kašpárková se levantaba temprano, preparaba su desayuno mientras seleccionaba el kit de pinceles y herramientas que iba a usar ese día. Se apresuraba y luchaba frente a la lentitud natural de quien llegó a los 90 años. Tomaba la pintura de color azul ultramar y emprendía camino por las calles de Louka hasta su próximo trabajo. Ella se hizo muy famosa en el pequeño pueblo de República Checa, rodeado de montañas y un verde predominante, con casas de techos a dos aguas y la marca de la mujer que, desde que cumplió 40, hizo diseños tradicionales en las paredes de cada edificio.

Aunque murió en 2018, su legado sigue vigente y procura permanecer como una muestra de amor para el mundo. La mujer tenía experiencia en pintar huevos, adornos navideños y platos. Su entusiasmo y seguridad la llevaron a hacer los motivos florales por los muros del campanario. De inmediato, los vecinos la apodaron “malérečka”, una mujer que pintaba adornos folclóricos.

Agnes se había enfocado en la capilla porque en el verano los niños tomaban allí su primera comunión y era importante que estuviera presentable. Cada año se le daba una mano de pintura blanca a las paredes externas y fue entonces cuando la malérečka metió mano con sus adornos florales. Agnes dejó listo el campanario de la capilla y su obra fue aclamada, por lo que empezó una carrera por decorar cada muro externo de las casas de sus vecinos. No lo hacía por dinero; según se menciona en los archivos de Louka, lo hacía por amor al arte y a las personas.

Era una apasionada y quería llenar de color el mundo que, cabe recordar, en el contexto que inició con sus pinturas, República Checa estaba bajo tutela de la Unión Soviética y los discursos de la Guerra Fría inundaban los medios de comunicación y los eventos políticos. Poco a poco, Agnes revistió cada fachada de su pueblo con las flores azules. No aceptaba recibir un pago, a excepción de la pintura con la que debía llevar a cabo su obra. Ella nunca planeó cómo luciría su próxima creación, simplemente tomaba su pincel y ponía manos a la obra.

En 2018, a los 90 años, Anežka Kašpárková murió. Hasta unos días antes, el pueblo la pudo ver arriba de los andamios. Nunca se cansó de caminar, las ideas creativas siguieron vivas en su mente y su legado de hacer de este un sitio más lindo todavía perdura en aquellos que la recuerdan. Actualmente, su sobrina Marie Jagošová asumió el trabajo de su tía y cada año pinta la capilla y el campanario, para que los niños reciban su primera comunión llenos de colores.
Con información de: La Nación









