La transformación no ha ocurrido de gølpe, sino de manera silenciosa: durante años, las personas han ido trasladando funciones mentales a herramientas externas hasta casi no percibirlo. Desde recordar información hasta orientarse o planificar tareas, gran parte de la carga cognitiva ha sido desplazada hacia dispositivos digitales, configurando lo que algunos expertos ya consideran una nueva etapa en la evolución humana.
Este fenómeno, conocido como “externalización cognitiva”, no es completamente nuevo. Desde hace siglos, los humanos han utilizado recursos como listas, calendarios o calculadoras para aliviar el esfuerzo mental. Sin embargo, lo que sí marca una diferencia en la actualidad es la escala y la profundidad de esta delegación, impulsada por tecnologías digitales cada vez más sofisticadas.
El cambio clave no radica en usar herramientas, sino en el tipo de funciones que se están delegando. Externalizar la memoria o tareas rutinarias puede resultar eficiente, pero cuando lo que se transfiere es la capacidad de juicio, el impacto puede ser más dęlicado. En ese punto, el ser humano deja de utilizar la tecnología como apoyo y comienza a depender de ella para tomar decisiones.
Esta dependencia plantea un riesgo importante: la posible pérdida de criterio propio. Si las personas confían ciegamente en sistemas automatizados sin cuestionar sus resultados, pueden volverse menos capaces de detectar errores, sesgos o manipulaciones. En lugar de potenciar la inteligencia, el uso indiscriminado de estas herramientas podría debilitar habilidades fundamentales del pensamiento crítico.
A pesar de estas preocupaciones, no existe evidencia concluyente de que la tecnología esté dañando de forma generalizada las capacidades cognitivas humanas. Algunos estudios sugieren que externalizar ciertas tareas incluso puede mejorar el rendimiento en contextos específicos, lo que indica que el problema no es la herramienta en sí, sino cómo se utiliza.
Con información de: Enrique Dans









