A mediados de los 90, Jeff Bezos tenía una idea que pocos podían entender: vender libros por Internet. Lo que hoy parece evidente, en aquel entonces era casi una locura. Con más determinación que certezas, Bezos renunció a su carrera en Wall Street y buscó el respaldo de quienes más confiaban en él: sus padres.
Su propuesta era tan arriesgada como visionaria: invertir todos los ahorros de su vida en un proyecto que apenas comenzaba a gestarse. Cuando les habló de Amazon, lo primero que preguntó su padre fue algo tan simple como revelador: “¿Qué es Internet?”. La duda no era menor; en ese momento la red era todavía un territorio desconocido para la mayoría.
Bezos no les vendió un sueño de éxito inmediato. Por el contrario, fue honesto: les advirtió que existía una gran posibilidad de frâcasar. Aun así, sus padres decidieron confiar, no tanto en la idea, sino en la convicción de su hijo.
La inversión inicial fue de 243.000 dólares, suficiente para dar forma a la naciente empresa. Con el tiempo, aquella cifra se multiplicaría hasta niveles impensados, convirtiéndose en una de las jugadas familiares más rentables de la historia moderna.
Hoy, Amazon no solo es un gigante global, sino también la prueba de que a veces las decisiones más trascendentes nacen del rięsgø compartido y de la fe ciega en alguien que se atreve a soñar distinto.
Con información de: Xataka









