En muchas casas y parques hay parejas caninas que se buscan, se persiguen, se acicalan y se tumban juntas como si fueran inseparables. Para quien convive con perros, la idea de que algunos animales establecen lazos especiales, más allá de la mera tolerancia, resulta intuitiva. Pero en la ciencia de la conducta animal las cosas suelen mirarse con lupa.

En los últimos años ha aumentado la atención sobre estas relaciones. Desde relatos conmovedores hasta observaciones sistemáticas en guarderías caninas, la pregunta ha pasado de anécdota a hipótesis investigable. Al mismo tiempo, comparaciones con los parientes salvajes del perro, como los lobos, invitan a cautela, ya que las estructuras sociales varían mucho entre especies y la domesticación ha modulado la sociabilidad canina profundamente.

En humanos hablamos de amistad como una relación emocional persistente, con reciprocidad, preferencia de compañía y comportamientos de apoyo mutuo. Aplicar el término a perros exige traducir esos criterios a conductas observables, como la preferencia topográfica (buscar la compañía de un individuo concreto), sincronía en el juego, tolerancia a compartir recursos, estrés al separarse y conductas de apoyo en situaciones de amênâza o enfêrmëdad.

Sorprendentemente, los veterinarios han observado que este tipo de perros muestran mejor inmunidad y salud general, lo que puede vincularse a la reducción crónica del ëstrés, aunque la evidencia sobre estos efectos fisiológicos todavía es incipiente. A nivel práctico, saber que un perro tiene una relación especial puede ayudar a planificar reuniones sociales y a elegir compañeros de juego compatibles.

Con información: El Tiempo

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