Las generaciones que crecieron sin internet muestran patrones distintos al decidir, algo que la psicología vincula con personalidades formadas en entornos menos saturados de información y estímulos constantes. Antes de la expansión del internet, las decisiones cotidianas se tomaban con menos datos disponibles y en menos tiempo. Elegir un trabajo, resolver un problema doméstico o planificar un viaje implicaba evaluar pocas alternativas concretas.

Ese contexto entrenó a las generaciones anteriores en la resolución práctica y directa. La vida diaria exigía actuar con rapidez. No había comparadores infinitos, tutoriales inmediatos ni opiniones masivas a un clic. Las personalidades se moldeaban en la acción: probar, equivocarse y corregir sobre la marcha era parte del aprendizaje habitual. Estudios sociológicos sobre toma de decisiones señalan que la abundancia de opciones puede ralentizar la acción. En contraste, crecer sin internet fomentó una relación más simple con la elección: decidir con lo disponible y avanzar.

La ausencia de internet también implicaba menos distracciones. Las decisiones se tomaban en contextos con menor ruido cognitivo. No había notificaciones constantes ni necesidad de validar cada paso con múltiples fuentes externas. Esto fortaleció la confianza en el propio criterio. Las generaciones pre-digitales desarrollaron una tolerancia mayor a la incertidumbre. Al no poder confirmar todo, aprendieron a asumir riesgos razonables. Esa práctica sostenida influyó en personalidades más autónomas y menos dependientes de la aprobación externa.

Las personalidades se vuelven más seguras al confiar en la experiencia previa más que en la búsqueda constante de datos. Además, estas generaciones internalizaron que no toda decisión necesita ser perfecta para ser válida. Esa mentalidad reduce la ansiedad anticipatoria y acelera la acción. En contraste, el acceso permanente al internet puede fomentar la revisión excesiva y la duda prolongada.

Con información de: La Nación

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