Solemos imaginar la soledad como un aislamiento total: una habitación vacía y un teléfono que no suena. Ver a una persona que está rodeada de personas y con una vida social activa parece que no puede sentir la soledad, pero la realidad es muy diferente, donde los estudios apuntan a que nunca habíamos estado tan conectados y a la vez tan solos. Y los jóvenes son los que se llevan la peor parte.

Un reciente estudio publicado en PLOS One acaba de poner nombre a un fenómeno que define a la generación Z y a los millenials más jóvenes: la ambivalencia social. Y no es que a los más jóvenes de nuestra sociedad les falta amigos o planes que hacer en el día a día, sino que demuestra que la cantidad de interacciones sociales no garantiza tener un bienestar emocional óptimo. Tener en Instagram decenas de ‘me gustas’ a una publicación no significa estar acompañado.

Los jóvenes adultos atraviesan justamente un periodo de inestabilidad, como por ejemplo el cambio de residencia para ir a estudiar, la entrada al mercado laboral o el fin de sus estudios. Es por ello que la conclusión es bastante clara: tener una agenda social llena no protege del sentimiento de aislamiento si las interacciones carecen de profundidad o si el joven siente que no encaja en el entorno que ha cambiado.

Y es que aquí destaca que no importa tener un gran número de amigos, sino que aunque sean pocos sean de calidad. Y esta es la calidad que a veces falta para poder ser 100% transparentes con otras personas que no nos hagan sentir tan solos por no poder manifestar nuestras preocupaciones y quedárselas para uno mismo.

Con información de: La Razón

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